" .. ¿qué? "
" ¿No? "

"Sí, lo odio muchísimo."
"Ufff, cariño, lo espero con ansias."
Vino portando un látigo muy grueso.
"Bebé, 10. Número tres."
Me golpeó la espalda con un látigo grueso.
"Eh, uno... t, dos..."
Resultó que fue después de mi adolescencia. Tenía la espalda empapada en sangre. Me quitó la ropa, me aplicó una medicina y me puso ropa nueva.
“Bueno, ¿puedo llamarte maestro ahora?”
Se limpió los labios agrietados con el dedo índice y me miró con una sonrisa.
“..j, maestro.”
Sonrió levemente, tal vez porque era la respuesta que había estado buscando.
¿Te gustaría jugar conmigo ahora?
¿Cómo estás jugando...?
“Un momento…”
