Ya era rutina.
Sabía que debía detenerse, pero algo le decía que todo lo que decía había sido escuchado. No sabía quién era ni dónde estaba, pero algo en su interior le decía: «Continúa, siempre te escucharé». Era una voz inaudible, pero que le impactaba el corazón.
Y así lo hizo, comenzó a hablar con su gran compañero, con su fiel confidente.
Allí estaba ella, escuchando atentamente, brillando en la noche oscura.
Su fiel amiga, la Luna.

