La entidad no comienza con el espectáculo.
Comienza conlugar.
Una oquedad en la tierra, desgastada por los pies, las estaciones, la espera. No es un teatro, no es un templo. Un antiguo lugar de encuentro moldeado por el uso más que por el diseño. La tierra se hunde naturalmente, formando una amplia cuenca donde surge la aldea cuando las palabras deben transmitirse más allá de lo que las voces permiten.
Las lápidas se alzan irregularmente sobre el suelo, medio cubiertas por la hierba y el musgo. No están talladas con orgullo, sino con paciencia. Líneas descoloridas las recorren, algunas nítidas y angulares, otras suavizadas por la lluvia. Entre ellas, quedan rastros de escritura antigua:
Proteger
Recordar
El nudo no desaparece
Protege. Recuerda. El vínculo no desaparece.
El viento se mueve entre la hierba alta en los bordes de la hondonada, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y humo de leña. Por encima de todo, la tierra se eleva: una larga y tranquila colina de roca y verde. Terreno elevado. Terreno de observación.
Se reúnen sin señal. Primero las mujeres, luego otros: ancianos, niños merodeando por los bordes. Sin pancartas. Sin adornos. Este lugar no lo requiere.
Están descalzos sobre el suelo, sintiendo su peso, su recuerdo.
El primer sonido es la respiración.
Bajo. Medido. Compartido.
Entonces comienza el canto, no cantado hacia adelante, sinoelaborado, como si la tierra misma exhalara a través de ellos.
“Aa—ho—na… aa—ho—na…”
El sonido es antiguo, más antiguo que el lenguaje, moldeado por bocas que han aprendido a soportar más de lo que explican. Se extiende por el hueco, luego hacia arriba, hacia la cima.
“Estamos despiertos”, dicen, no en voz alta, sino al unísono.
“Resistimos.”
La luz del fuego titila en fosos poco profundos, más calor que luz. Los rostros brillan y se desvanecen. Algunos son jóvenes. Algunos han conservado este sonido más tiempo que la memoria.
“Damos un paso adelante—
“Porque ella nunca dio un paso atrás.”
El suelo escucha.
“Ee—la—rae… ee—la—rae…”
El viento se detiene, como si se detuviera a escuchar su propio nombre.
“Vagamos por el laberinto.
“El giro fue nuestro.”
El canto baja y se instala en el pecho.
“No hay un gran final—
“Sólo la conservación del nombre.”
El nombre circula entre ellos como una corriente, sin ser reclamado ni coronado.
“Dii—oh—neh…”
A medida que avanzamos más allá del hueco, algo enorme cambia.
Él no está cerca. Nunca lo está.
Una silueta se recorta contra el cielo nocturno: mitad montaña, mitad sombra, mitad vigilancia viviente. Crestas como melenas captan la luz más tenue. La presencia de un león. La paciencia de un dragón.Mayo-León.
Él no desciende.
Él no se acerca.
Él observa.
Las voces de las mujeres se debilitan hasta casi respirar.
“Te llamamos”, murmuran,
“Vigilante del Entre”.
Por un momento, el mundo se queda quieto, no por miedo, sino por reconocimiento.
Entonces llega la respuesta.
No sólo como sonido, sino como presión, como certeza, como algo que se siente detrás de las costillas.
"Te escucho."
Las palabras no viajan. Llegan.
El alivio se mueve a través del hueco como el agua que encuentra terreno llano.
“Ella no tenía miedo”, se alzan de nuevo las voces, ahora más firmes.
“Así que no nos desviaremos.”
“Nos encontramos donde ella estuvo,
“sin miedo.”
No lo miran directamente. El respeto no es distancia, essaber dónde pararse.
“Damos un paso adelante.
Nosotros aguantamos."
Muy por encima de ellos, May-Lion baja su gran cabeza, lo suficiente para que la aldea sienta el peso de su atención.
“Entonces estás retenido”
la presencia dice.
“Y la puerta permanece.”
El viento regresa.
Las hierbas se mueven de nuevo.
La vida reanuda su tranquilo trabajo.
Y la historia comienza, no con grandeza, sino con una promesa cumplida desde lejos.
