[Gunho Nafes] Observador de estrellas

Episodio 2. Vi el pasado en la azotea.

Tardó unos diez días en volver a aparecer.

 

Durante un tiempo no hubo ni contacto ni señales de él.

En primer lugar, ni siquiera habíamos intercambiado datos de contacto, así que era lo normal. Aun así, al pasar varios días sin ninguna noticia, solté una risita sin motivo.

 

Si eras así, pues claro.

 

Ese chico que apareció de repente después de varios años, dejó palabras como «volveré otra vez» y se fue como si nada. Así era An Geonho desde el principio. En los momentos importantes guardaba silencio en vez de responder, y hubo un día en que desapareció de verdad sin decir una sola palabra.

 

Así que aquel día yo no estaba esperando a ese chico.

Solo me vino a la cabeza, de pronto, aquel rostro que dejaba tan fácilmente la frase «volveré otra vez». Y cada vez, por alguna razón, apagaba la pantalla del móvil con un malestar que no sabía explicar. No habría sido extraño que no volviera a aparecer. De hecho, eso sería más propio de An Geonho.

 

-

 

 

Eran como las ocho de la noche. Aún no habían sacado todos los platos a la mesa y, desde la cocina, se oía a mamá calentando la sopa. Yo estaba sentado en el suelo del salón, pasando la pantalla del móvil sin ningún propósito. Entonces sonó el timbre.

 

Ding-dong—

 

Dejé el móvil y miré hacia la entrada. Por un instante se me pasó por la cabeza la cara de una persona, pero enseguida solté una risita.

No será, ¿no? Pensar eso ya daba risa.

 

“Yeoju, ve tú un momento.”

"Siií—"

 

Desde la cocina llegó la voz de mamá. Le respondí rápido y me levanté. ¿Paquetería? ¿O una entrega?

 

Cuando abrí la puerta, Geonho estaba de pie allí.

No llevaba las gafas de sol de aquel día. Tenía la gorra bien calada y, sobre la sudadera negra con cremallera, llevaba una chaqueta fina. En el rostro le quedaba una leve señal de cansancio. Tenía ojeras algo marcadas y el cabello despeinado, como si se lo hubiera arreglado a toda prisa.

 

Como si no hubiera pasado nada.

 

Miré ese rostro durante un buen rato antes de hablar.

 

“Otra vez por aquí.”

 

Mi voz salió más tranquila de lo que esperaba. Era el resultado de esforzarme por no parecer ni contenta ni sorprendida.

Geonho parpadeó despacio y respondió con aire indiferente.

 

“Sí. He vuelto otra vez.”

“Pareces ocupado. Y bastante cansado, además.”

 

Mientras hablaba, bajé la mirada a sus ojeras. Geonho levantó una mano y se tocó apenas desde la barbilla hasta el contorno de los ojos antes de responder.

 

 

“Sí. Ocupado. Y cansado.”

“Entonces, ¿por qué has venido aquí?”

 

Geonho sonrió por fin, en pequeño. Cuando estaba quieto y sin expresión parecía sorprendentemente adulto, pero al sonreír se le veía de pronto mucho más joven. Era como si el An Geonho que yo recordaba asomara un instante desde dentro de él.

 

“Tengo que ponerme al día con todo lo que me he perdido.”

 

Solté una risa incrédula.

 

“¿Y esa lógica?”

 

No sabía si pretendía recuperar en unos días los años en que no nos habíamos visto, o si pensaba que, diciendo eso, yo iba a contestarle algo concreto. Aun así, no cerré la puerta. Tal vez porque el rostro de Geonho bajo la luz de la entrada se veía cansado, o tal vez porque yo no era tan indiferente como para oírlo y hacerme la despistada.

 

Al final, me aparté.

 

“Pasa.”

 

Geonho asintió brevemente y entró. Se quitó los zapatos con más cuidado que la última vez. Ya no tenía aquella actitud de irrumpir dentro de la puerta principal antes de siquiera oír una respuesta. No sabía qué había pensado en esos días, o si simplemente no tenía fuerzas ni para eso hoy.

 

“Ay, Geonho, has venido.”

 

Mamá salió de la cocina y se alegró mucho al verlo. Su voz sonó igual de contenta que la última vez. Como si Geonho no fuera un niño que había vuelto después de años, sino el hijo del vecino que solía pasar de vez en cuando. Yo me quedé mirando la escena, con los brazos cruzados y gesto algo seco.

 

“Buenas noches.”

 

Geonho se quitó la gorra mientras saludaba. Mamá examinó su cara y la mirada, antes rebosante de alegría, se tiñó enseguida de preocupación.

 

“Te ves muy cansado. ¿Vienes de rodar?”

“Sí. No era por aquí cerca, pero me quedó algo de tiempo libre.”

 

No era por aquí cerca.

Esa frase se me quedó rara en el oído. Si estaba lo bastante libre como para venir hasta aquí, ¿cuánto tiempo libre le habría sobrado? ¿O seguía diciendo esas cosas con toda naturalidad?

 

Tenía preguntas que hacerle, pero me callé.

 

Geonho, en vez de sentarse en el salón, recorrió lentamente la casa con la mirada. Un marco antiguo, la pequeña vitrina al final del pasillo, las macetas junto a la escalera. Se le quedó la vista en cada cosa, como si estuviera comprobando uno por uno los tiempos perdidos.

 

Luego, de pronto, miró hacia mí.

 

“¿Sigue estando la azotea?”

 

La pregunta fue demasiado repentina. Tardé un momento en reaccionar.

 

La azotea.

Una sola palabra se sintió como el tirador de un cajón cerrado desde hacía mucho.

 

“Claro que sigue. ¿Por qué iba a desaparecer?”

 

Respondí con un tono innecesariamente seco. Geonho sonrió un poco.

 

“¿Puedo subir?”

 

Eché un vistazo de reojo a la cocina. Mamá murmuró un “Ay, qué cabeza la mía” y volvió a acercarse a la olla. Desde dentro se oía el hervor de la sopa y el sonido apresurado de apagar el gas. De todos modos, si me quedaba en el salón hasta la hora de cenar, solo iba a resultar incómodo.

 

“Voy a subir un momento a la azotea.”

 

Cuando lo dije, mamá solo asomó la cabeza.

 

“Vale. Os llamaré cuando esté la comida. No os quedéis demasiado. Geonho se ve muy cansado, hijo.”

“Sí.”

 

Yo fui primero hacia las escaleras. Detrás de mí se oyó a Geonho seguirme. Sus pasos descalzos eran más silenciosos de lo que esperaba. Antes, al subir las escaleras, sonaba tanto que yo le decía varias veces que hacía demasiado ruido; ahora hasta esos pequeños sonidos parecían distintos.

Mientras subíamos, no dijimos ni una palabra.

 

 

-

 

 

Las luces de la planta baja quedaron lejos y, a medida que subíamos, el aire se volvía un poco más frío. Olía a casa vieja. A polvo impregnado en las paredes, al cemento que se enfriaba después de haberse calentado durante el día, al aroma de la cena que llegaba desde algún lado. Todo aquello que normalmente no notaba por familiar, estando con Geonho se volvió nítido, uno por uno.

 

Al abrir la puerta de la azotea, el aire nocturno se coló primero.

Geonho soltó un suspiro muy leve.

 

“Sigue igual.”

"……."

 

La azotea estaba casi exactamente igual. El viejo banco de madera de un lado, la barandilla baja, las macetas viejas alineadas en una esquina. Claro que el tiempo no había pasado del todo de largo. La madera del banco estaba un poco más descolorida y la pintura de la barandilla se había saltado en algunos sitios. Pero seguía allí.

Como si las noches que dejamos aquí hace mucho siguieran enterradas en algún lugar.

 

Geonho caminó despacio y se detuvo frente al banco.

 

“Todavía está.”

 

Su voz era baja. Extrañamente, esas palabras me tocaron una esquina del corazón.

 

"Sí."

"¿Por qué también hablas en pasado?"

 

Geonho soltó una risita y respondió. No creerás que no sabes por qué.

Levanté la vista al presente para hacerle la pregunta, pero apreté los labios y me la tragué.

 

Cuando era pequeña, nuestra casa era independiente. Al subir hasta el final de las escaleras había una azotea pequeña, y en un lado de aquella se encontraba un banco viejo. En verano, el calor que la madera había guardado durante el día seguía quedando débilmente hasta la noche; en invierno, incluso con una manta, se me helaban las puntas de los pies.

 

Aun así, Geonho y yo nos tumbábamos uno al lado del otro allí arriba siempre que podíamos. El primero en aprenderse los nombres de las constelaciones y en comprobar las fechas de las lluvias de meteoros era siempre Geonho. El que insistía en ir al observatorio, y el que se quedaba dormido primero viendo documentales del espacio, era siempre él.

Como nuestros padres también eran especialmente cercanos, crecimos casi como hermanos bajo el mismo techo. Incluso mientras comíamos, íbamos y veníamos naturalmente de una casa a otra, y cuando nos veíamos con la excusa de los deberes, al final acabábamos subiendo a la azotea a mirar las estrellas.

 

Entonces pensé que esos momentos durarían para siempre. Eran tan normales que ni siquiera se me ocurrió pensar que algún día podrían terminar.

 

Hasta que ese chico desapareció.

Más exactamente, la familia de Geonho se mudó. Sin decir nada.

 

Cuando mamá me lo contó, al principio pensé que había oído mal. No podía creer que el chico que hasta ayer estaba en nuestra casa, el que se había sentado a mi lado como si nada, hubiera desaparecido de repente de este barrio.

 

"Ay, ¿es que Geonho no te lo dijo?"

 

Ante aquella sola frase de mamá, no fui capaz de responder nada. En vez de eso, cerré la puerta de golpe. Ahora, al pensarlo, era infantil. Pero entonces era lo mejor que podía hacer. A mi edad, comprendí por primera vez que no tenía nada que decirle a alguien que se marchaba sin avisar.

 

 

Con el tiempo, vi a Geonho por casualidad en la televisión. Bajo una acreditación desconocida, con un rostro desconocido, pero mirando a la cámara con esa mirada que yo conocía bien.

 

Ah, le gustaban las estrellas y al final se convirtió en una estrella.

 

Dije eso para mí y cambié de canal. Y eso fue todo. Desde entonces, An Geonho no fue para mí más que una persona en la televisión, exactamente a esa distancia.

 

Pero hoy, esa distancia se rompió.

 

 

El chico que había desaparecido sin decir una palabra hacía años estaba otra vez de pie frente a aquel banco.

 

“¿Puedo sentarme?”

 

preguntó Geonho.

 

“¿Cuándo has pedido permiso tú para sentarte?”

"Te has vuelto un poco más borde."

 

Ante mis palabras, Geonho esbozó una sonrisa débil y siguió hablando. Luego se sentó con cuidado en el borde del banco. Pensé que quizá yo estaba refunfuñando demasiado, así que también me senté un poco separada de él. Si hubiera sido antes, me habría tumbado sin más a mirar el cielo, pero ahora, extrañamente, eso se sentía difícil.

Aunque estábamos sentados en el mismo banco, entre nosotros se extendía largo el silencio de varios años.

 

Geonho estuvo un rato mirando solo el cielo.

 

El cielo nocturno de la ciudad estaba mucho más brillante que antes. Apenas se veían estrellas. Aun así, quedaban tenuemente algunas luces. Mirando esos pequeños destellos, el yo de hace años se me vino a la cabeza con demasiada facilidad. El perfil de Geonho uniendo estrellas con el dedo. Ese rostro que, con toda seguridad, decía nombres de constelaciones incorrectos y luego, cuando yo me reía, fruncía los labios por fastidio. Y luego, de pronto, el asiento de al lado vacío, sin dejar rastro.

 

Al final no pude aguantar más y hablé.

 

“Aquella vez.”

 

An Geonho giró la cabeza. Sentí su mirada clavada en mí. Yo no lo miré.

 

 

Froté con los dedos la veta de la madera del banco, sin motivo. La superficie vieja se me enganchaba un poco en las yemas. Pensé que, si lo decía, algo cambiaría, pero las palabras que me habían subido a la garganta no salían con facilidad.

 

Pero, ya que había subido hasta aquí, ya no podía seguir fingiendo que no sabía nada.

 

“¿Por qué desapareciste sin decir nada aquella vez?”

 

Geonho no respondió enseguida. O quizá sería más correcto decir que no pudo responder. La mirada que había estado clavada en mí pronto volvió al cielo nocturno, y sus labios se movieron un par de veces antes de cerrarse en silencio.

 

Odiaba ese silencio.

 

También me pasó hace años. Me dolió que no dijera nada y lo odié por no decir nada. Pero incluso ahora, al volver a verlo, ese chico seguía sentado frente a mí del mismo modo. Ojalá al menos se hubiera justificado. Si hubiera inventado cualquier razón, por absurda que fuera, yo habría podido agarrarme a eso y enfadarme, aunque fuera un poco.

 

“Da igual.”

 

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Geonho me miró.

 

“Yeoju.”

 

Mi nombre, dicho bien, después de varios años. Extrañamente, sentí que el pecho se me hundía un poco. La voz de ese chico seguía sin fuerza. Era baja y lenta, pero no ligera como de costumbre.

 

Aparté la cara a propósito.

 

“Creo que ya estará la comida. Bajemos.”

 

Tal vez era porque no tenía valor para oír su respuesta. O porque ya no me veía capaz de soportar más silencio. Me levanté primero. El banco de madera crujió, y el sonido se extendió suave entre el aire nocturno.

 

Geonho se quedó sentado un momento, igual que estaba, y luego se levantó un poco después.

Mientras bajábamos las escaleras, tampoco dijimos nada. El silencio se había vuelto aún más pesado que al subir. Yo, sin querer, adelanté un paso. No quería volver la cabeza porque me parecía que acabaría confirmando la cara de Geonho. Y si en esa cara había algo parecido al arrepentimiento, sentía que yo sería la primera en tambalearme.

 

 

-

 

 

Al bajar a la primera planta, el olor de la cena nos recibió. Sobre la mesa ya estaban el arroz y los acompañamientos. Mamá sacó más cucharas en cuanto nos vio.

 

“Habéis bajado justo a tiempo. Geonho, quédate a comer.”

“Sí. Gracias.”

 

Geonho no rechazó la invitación. Antes también era así. Casi nunca decía que no cuando le ofrecían comer en nuestra casa. La diferencia era solo que entonces todo resultaba natural y ahora parecía, por alguna razón, demasiado cuidadoso.

 

Nos sentamos a la mesa. Mamá fue acercándole más platos a Geonho mientras le preguntaba una cosa tras otra. Si últimamente rodar no era muy duro, si comía bien, si sus padres estaban bien. Geonho respondió una por una con calma. A veces sonreía, a veces asentía. Como había hecho muchas entrevistas desde que se hizo actor, sus respuestas estaban mucho más ordenadas que antes.

 

Y, aun así, yo lo sabía.

Que la pregunta de la azotea seguía entre nosotros.

 

“Y ahora, ¿dónde vives?”

 

preguntó mamá con naturalidad.

Geonho levantó los palillos y respondió enseguida, con una sonrisa.

 

“Últimamente voy y vengo entre un alojamiento cerca del set de rodaje. Mi casa está hacia el río Han.”

“Ay, entonces has venido desde bastante lejos.”

 

Las palabras de mamá salieron de verdad sin ninguna intención oculta. Solo una alegría normal por un niño que volvía tras mucho tiempo y había hecho un viaje largo.

Pero a mí esa frase me dejó un nudo en la garganta.

 

Has venido desde bastante lejos.

 

Entonces volví a ver el cansancio que le quedaba en la cara. Los párpados algo caídos en la entrada, el pelo despeinado al quitarse la gorra, el aire agotado que se escondía detrás de su sonrisa. Que no estaba cerca, y que había venido hasta aquí porque le quedaba un poco de tiempo libre, fue algo que me pesó en el corazón con retraso.

 

Pinché distraídamente solo los granos de arroz con los palillos.

¿Tal vez fui demasiado borde antes?

 

En cuanto me cruzó ese pensamiento, mi corazón se volvió a enredar. La agraviada era yo. La que había quedado atrás sin una sola palabra era yo. Y, sin embargo, no entendía por qué acababa sintiéndome culpable. Estaba frustrada y, al mismo tiempo, me sentía mal. Aunque fingía no alegrarme, me daba aún más rabia que yo misma hubiera recordado su cara aunque fuera por un instante.

 

Geonho respondió a las palabras de mamá sonriendo.

 

“Está lejos, pero merecía la pena venir.”

 

¿Qué querría decir eso? ¿Por qué vendría? Me vinieron a la mente las preguntas de fondo. Quise hacerlas, pero no lo hice. Hoy ya había sacado una pregunta que llevaba demasiado tiempo guardada, y esa pregunta se quedó entre nosotros sin recibir una respuesta completa. Si seguía preguntando, sentía que saldría algo todavía más complicado.

 

Después de cenar, Geonho no se quedó mucho tiempo. Quizá de verdad solo tenía un rato libre, porque una sombra de decepción le cruzó la cara al mirar el móvil. Se despidió con educación de mamá y papá y fue hacia la entrada.

 

Yo salí detrás de él.

No era exactamente para despedirlo. Simplemente me parecía raro no hacerlo. Bajo la luz de la entrada, Geonho volvió a ponerse la gorra. La punta de sus dedos se detuvo un instante. Parecía que iba a decir algo, y también que quería evitar una respuesta.

 

Yo fui la primera en hablar.

 

“Si estás ocupado, no hace falta que vengas a la fuerza.”

 

En cuanto lo dije, me arrepentí. Quería que sonara a preocupación, pero por alguna razón salió como si lo estuviera apartando.

Geonho me miró en silencio. Su rostro cuando estaba sin expresión resultaba de verdad ajeno. Parecía alguien que había crecido dentro de un tiempo que yo no conocía. Entonces, las comisuras de su boca se aflojaron despacio. En cuanto sonrió, volvió a tener la cara de cuando era pequeño.

 

 

“Volveré otra vez.”

 

Yo no respondí nada.

Geonho dudó un momento y añadió:

 

“No sé cuándo será.”

 

Esa frase, por alguna razón, me dejó un poco más tranquila. No era una promesa ligera de venir cada día, ni una frase obvia de vernos pronto otra vez. Precisamente por eso sonaba más sincera. Decía que volvería, aun sabiendo que su tiempo no dependía de él.

Yo lo miré sujetando el picaporte.

 

“Vale.”

 

Solo dije eso.

La puerta de entrada se cerró y los pasos se alejaron fuera de la verja. Yo me quedé un buen rato de pie en ese mismo sitio. Hoy tampoco tenía la cabeza en orden. Al contrario, estaba más revuelta que la vez anterior.

 

Ese chico que no respondió cuando le pregunté por qué desapareció sin decir nada.

Y, aun así, ese chico que vino hasta aquí desde lejos.

 

Volví a mirar hacia las escaleras. El estrecho tramo que llevaba a la azotea, el lugar donde estaba aquel banco viejo. El sitio que durante años creí haber olvidado sin más, hoy volvió a verse nítido.

 

An Geonho seguía respondiendo despacio.

Y yo seguía siendo la persona a la que, frente a ese silencio lento, se le enredaba primero el corazón.

 


 

Hoy se ha alargado un poco 🙏

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