Ahn Gun-ho no vino durante un tiempo después de eso.
Más exactamente, era natural que no viniera. Dijo que estaba ocupado, parecía cansado y dijo que volvería a venir en algún momento, aunque no sabía cuándo. Las palabras en sí no estaban mal. Para empezar, ni siquiera era alguien que pudiera aparecer todos los días, y yo tampoco había deseado eso.
Pero, por alguna razón, la azotea seguía rondándome la cabeza.
Incluso cuando terminaba de cenar y estaba a punto de subir a mi habitación, me encontraba mirando una vez hacia el final de la escalera. La escalera estrecha que normalmente habría pasado por alto, últimamente parecía como si escondiera algo. Encima había una vieja plataforma de madera, y sobre ella parecía que estaban apilados tal cual años de palabras sin decir.
'¿Por qué desapareciste sin decir nada aquel día?'
Mi pregunta seguía sin respuesta. Gun-ho seguía en silencio, y yo seguía odiando ese silencio. Y aun así, desde aquel día, por alguna razón, él ya no me parecía completamente un desconocido.
Eso era lo que más me molestaba.
“Yeoju~”
Al oír la voz de mamá, aparté la vista del móvil.
“¿Sí?”
“Sale Gun-ho.”
“¿Qué cosa?”
“Una serie. Vamos a ver una repetición. La que se le escapó a mamá la otra vez~”
Mamá ya estaba sentada en el sofá con el mando en la mano. En la pantalla del televisor salían anuncios y, enseguida, una cara familiar apareció en el centro de la imagen.
Era Ahn Gun-ho.
Más exactamente, el actor Ahn Gun-ho, con un rostro mucho más impecable y desconocido que el Ahn Gun-ho que yo conocía.
Gun-ho, en la pantalla, llevaba un traje negro. Su rostro, mientras miraba a alguien sin expresión, se veía bastante serio. Su voz también era grave, y su mirada tranquila. Estaba lejos del chico que yo conocía, el que incluso después de equivocarse con el nombre de una constelación insistía hasta el final.
Sin motivo, me crucé de brazos.
“Qué presumido.”
“¿Por qué? Gun-ho sí que está guapo.”
“Qué raro.”
“Qué dices ahora. ¿Es la primera vez que ves a Gun-ho salir?”
preguntó mamá.
“No lo había visto.”
“¿Por qué? Si de pequeños iban siempre pegados.”
“Precisamente por eso no lo he visto.”
Mamá se volvió hacia mí, y yo aparté la mirada sin razón.
Porque me daba rabia.
Después de decirlo, sonó un poco infantil. Pero era verdad. Cuando vi a Gun-ho por primera vez en la tele, no me alegré de verlo. Tampoco me pareció algo curioso. Solo me pareció un poco absurdo.
Desaparecer sin decir nada.
Sin darme ninguna explicación.
Que estuviera ahí sonriendo, llorando o mirando a alguien en la pantalla de esa manera tan indiferente me molestaba de una forma extraña. Como si yo fuera la única que se había quedado detenida. Como si yo fuera la única que siguiera siendo la chica que aquel día cerró la puerta de golpe.
“¿Sigues enfadada?”
dijo mamá con una voz mezclada con risa.
“No estoy enfadada.”
“¿Entonces?”
“Solo no lo he visto.”
“Eso es estar enfadada.”
En vez de responder, apreté un cojín contra mí. Mamá no preguntó más. Gun-ho seguía hablando con alguien en la pantalla. Un diálogo desconocido, una expresión desconocida, un ambiente desconocido.
No quise seguir mirando y me levanté de donde estaba.
“¿No vas a ver?”
“Tengo que estudiar.”
“Hasta hace un momento solo estabas mirando el móvil.”
“Ahora voy a hacerlo.”
Le contesté de mala gana y subí a mi habitación.
Aunque entré en la habitación y cerré la puerta, el sonido del televisor seguía oyéndose débilmente. La voz de Ahn Gun-ho era grave, así que cuando se mezclaba con ese sonido y subía, se oía con una claridad especial. Me senté frente al escritorio y abrí el libro de ejercicios, pero las letras no me entraban en la cabeza.
En cambio, la pantalla del móvil seguía encendiéndose sin parar.
Mientras pasaba la lista de apps sin pensar, vi una que había instalado hacía tiempo.
Una app de constelaciones.
Era la que Gun-ho me había instalado en el móvil cuando iba a primaria. El chico que cada noche apuntaba el móvil al cielo para orientarse, diciendo que era imprescindible para encontrar las constelaciones. Yo le decía que si eran estrellas, pues estrellas y ya, qué tenía eso de tan complicado, y Gun-ho decía que cada estrella tenía nombre.
La app necesitaba una actualización y pronto se abrió.
Sobre una pantalla anticuada, el mapa estelar se desplegó lentamente. Y enseguida apareció una notificación.
Esta noche, lluvia de meteoros observable.
Miré esa frase durante un buen rato.
Lluvia de meteoros.
Era una palabra que le gustaba a Gun-ho. El chico que normalmente se tomaba todo con calma, el único día que había lluvia de meteoros se volvía extrañamente diligente. A qué hora se veía mejor, hacia dónde había que mirar, que no debía haber demasiadas nubes. Yo me quejaba diciendo que era una lata, pero al final siempre subía a la azotea.
Hoy por la noche, alrededor de las 10:40.
En cuanto comprobé la hora, me vino a la mente aquella vieja tarima de madera. Y también el perfil de Gun-ho sentado sobre ella mirando el cielo.
¿Le escribo?
No, ¿qué voy a escribir?
Para empezar, ni siquiera tenía su número.
Solo entonces, después de pensarlo hasta ahí, recordé lo que mamá había dicho días atrás.
'¿Le conseguiste a mamá el número de Gun-ho? No sé si está bien conseguir el número de una celebridad así~'
Aguanté un buen rato y al final abrí la puerta de mi cuarto y bajé al salón.
No, bueno. Si tienes el número de una celebridad, pues mejor. Me repetí por dentro una excusa que no sabía a quién iba dirigida.
“Mamá.”
“¿Qué?”
“Eh… tienes el número de Gun-ho, ¿no?”
“¿Por qué?”
Los ojos de mamá brillaron de forma extraña.
“No, déjalo.”
“Ay, mira esta. No te voy a fastidiar. Te lo diré~”
“¡Que no!”
Le solté un berrinche a mamá, que me estaba tomando el pelo, y me di la vuelta de golpe para subir las escaleras. Desde atrás oí vagamente que decía:
“¡Sigue siendo el mismo de antes! 010-987 …”
Cuando llegué al final de la segunda planta, ya no se oía el resto.
Uf, ¿qué pretendía hacer yo? Ni siquiera era una relación como para llamarlo, y tampoco era un tipo que fuera a venir si lo llamaba.
Cerré la puerta de mi cuarto y me apoyé en ella. Qué idiota soy.
Encendí el móvil con una mano e introduje el número que había dicho mamá.
Al introducir 010, 98ㅡ
Ahn Gun-ho.
apareció ese nombre.
Ah, así que no lo había borrado. No tenía ni idea.
Pasé a la bandeja de mensajes, vacía por no haber contactado en mucho tiempo. Más o menos conseguí el número, pero no sabía qué enviar. Encima, también pensaba que quizá ni siquiera debía escribirle.
[Oye]
[¿Qué haces]
[¿Es Ahn Gun-ho?]
Escribí y borré varias cosas. Como es una celebridad, pensé que mejor no poner su nombre ni nada por el estilo. Nunca se sabe.
¿Qué podría enviar que fuera normal y a la vez dejara claro que era yo?
Al final, sin que se me ocurriera ninguna idea, solo quedó una frase al grano.
[Lluvia de meteoros hoy]
¿Demasiado sentimental? Igual hasta lo clasifican como spam. ¿Qué estoy haciendo~?
En el momento en que me tumbé en la cama, el móvil se me cayó de la mano. Sonó un ding.
“¿Eh, eh?!”
Se envió el mensaje. ¡No, si apenas rozó la manta, por qué se envía!
Me incorporé a toda prisa, cogí el móvil y lo miré. Solo aparecía claramente el texto [Enviado].
Ni siquiera se puede cancelar… Algo irritada, volví a lanzar el móvil sobre la cama.
Total, tampoco había garantía de que ese número fuera de verdad de Ahn Gun-ho.
'¡Sigue siendo el mismo de antes!'
Mmm, ¿o no…? La última voz de mamá me pasó por la cabeza.
Ya está. Yo voy a estudiar y ya. Total, es una celebridad. No tendría tiempo de mirarlo.
Volví a sentarme en el escritorio y abrí el libro de ejercicios. Pero las letras seguían sin entrarme en la cabeza. No estaba esperando nada. Solo me veía a mí misma un poco miserable y absurda.
Cuando había pasado media hora estudiando, el móvil vibró en la cama.
[Ábreme la puerta]
Ya eran casi las 10:30. ¿A estas horas tan tarde? Sería difícil incluso volver a casa.
Aun así, me planté delante del armario y saqué a toda prisa un cárdigan.
*
Bajé en silencio y abrí la puerta de entrada. El salón ya estaba totalmente a oscuras. Mis padres debían de haberse metido ya en su habitación.
Al abrir la puerta, delante del portón estaba Gun-ho, con una gorra calada hasta las cejas. Tenía mejor cara que la última vez, pero todavía se le notaba el cansancio alrededor de los ojos.
“Oye, a estas horas….”
dije.
“La lluvia de meteoros cae tarde, así que nada.”
“¿…Has venido directo del trabajo?”
Gun-ho parpadeó lentamente y luego sonrió un poco.
“Sí, estaba rodando.”
“Entonces no hacía falta que vinieras.”
“Pero ya había terminado, así que vine.”
Lo dijo tan simple que me quedé sin palabras por un momento.
Gun-ho inclinó un poco la cabeza.
“¿Puedo entrar?”
“…….”
Sin responder, me aparté un poco hacia un lado. Gun-ho sonrió levemente y enseguida entró.
Si el silencio de la vez pasada había sido pesado, hoy era un poco incómodo. Se sentía como si los dos hubiéramos olvidado cómo volver a llevarnos bien con una persona que conocíamos de antes. Al pasar por el salón y subir las escaleras, ninguno dijo nada.
Al abrir la puerta de la azotea, el viento nocturno fue lo primero que llegó.
El cielo estaba más despejado que la vez anterior. No era como para decir que hubiera muchas estrellas, pero aun así se veían con claridad unas cuantas luces.
Me senté en la tarima y saqué el móvil.
“¿De verdad va a salir?”
“Así lo dice la app.”
“¿Todavía usas eso?”
“Si ni lo había usado. Solo la he encendido hoy.”
Gun-ho miró la pantalla de mi móvil.
“Esta es la que yo te instalé.”
“Te acuerdas.”
“Me acuerdo bien de lo que necesito para mirar las estrellas.”
Yo solo seguí mirando la pantalla sin decir nada.
“¿Y de lo que no hace falta?”
“…….”
Gun-ho no respondió.
Era una broma, pero sentí como si hubiera tocado algo raro otra vez. Cambié de tema enseguida.
“Mira aquí. Dice que caerá en esta dirección.”
Moví el móvil de un lado a otro y, siguiendo la dirección en la que caería la lluvia de meteoros, tracé una diagonal con la mano. Gun-ho movió la cabeza siguiendo la dirección de mis dedos. Sobre el cielo negro flotaban unas pocas estrellas tenues. Era una noche demasiado tranquila para llamarla lluvia de meteoros.
“Tú sí que sabes usarla, la app.”
“Ah, sí.”
“De pequeños me parece que yo lo miraba todo por ti. ¿Has estado mirando mucho tú solo?”
“No.”
La negación salió rápida. Sin darme cuenta.
Ejem, aclaré la voz y entre nosotros volvió a crecer el silencio. Pasamos bastante rato mirando solo el cielo nocturno, sin mirarnos siquiera el uno al otro. Yo tenía la cabeza hecha un lío. Él seguro que no pensaba en nada. ¿Para qué te habré llamado aquí yo ahora, si en realidad estoy arrepentida? Tú no estarás pensando en nada.
“No sale.”
Cuando yo murmuré, concluyendo por dentro que ya era hora de irnos de allí, Gun-ho respondió enseguida.
“Espera.”
“¿Cuánto?”
“¿Hasta que salga?”
Solté una risa seca.
“Tú de verdad sigues igual que antes.”
“¿Yo?”
“Sí. Sentar a alguien durante decenas de minutos solo para ver una estrella.”
Gun-ho me miró. Justo hasta hacía un momento ni me había mirado.
Como no podía seguir evitando su mirada, yo también le sostuve la vista de frente. Gun-ho guardó silencio un momento y luego abrió la boca.
“¿Te molestaba?”
No pude responder enseguida.
No era que me molestara. Aunque me quejaba diciendo que era una lata, igual siempre subía cuando Gun-ho me llamaba. Más que gustarme mirar las estrellas, creo que no me importaba ver a Gun-ho disfrutar tanto de eso a mi lado.
“Solo me daba pereza.”
Al responder, volviendo a alzar la vista al cielo, la voz de Gun-ho, mezclada con una sonrisa, volvió a oírse a mi lado.
“Pero venías siempre.”
“Porque tú insistías demasiado.”
“¿Eso hice?”
“Eso hiciste.”
Gun-ho no dijo nada más y sonrió mientras alzaba la cabeza.
Fue entonces.
De un lado del cielo pasó a gran velocidad una fina luz. Fue brevísima. Tanto que si parpadeabas la perdías.
Era un meteoro.
“¿Lo viste?”
preguntó Gun-ho.
Asentí con la cabeza. Los ojos, que solo habían estado mirando en blanco, brillaron un poco. Los míos también, y los de Gun-ho también.
“Lo vi.”
Por alguna razón, el corazón me latía con fuerza. Como si hubiera retrocedido varios años. Era la emoción de la infancia.
Sin darme cuenta, las comisuras de mi boca se fueron levantando poco a poco. La emoción de haberlo encontrado me hizo cosquillas en el cerebro.
“¿Pusiste un deseo?”
preguntó Gun-ho.
De pequeña, unía rápido las manos y pedía deseos. Mañana quiero comer costillas de cerdo, ojalá Santa me traiga dos juegos de princesa de Mimi, ojalá no me pillen por haber comido helado a escondidas de mamá. Y cosas así.
Pero ahora era distinto. No tenía un deseo tan desesperado, tampoco me parecía que fuera a cumplirse, y sobre todo, ya no era una niña.
“¿Cómo voy a pedirlo en tan poco tiempo?”
“Antes sí sabías pedirlos.”
“Porque tú me decías que lo pensara antes.”
Gun-ho soltó una pequeña risa.
“Pues ahora también puedes decidirlo de antemano.”
“¿Y tú pediste uno?”
“Sí.”
“¿Cuál?”
“Si lo dices, no se cumple, ¿no?”
“¿Todavía crees en eso?”
Gun-ho me sonrió mirándome.
“Tú también lo creías antes.”
“Yo era pequeña.”
“Ahora tampoco has cambiado tanto.”
“¿Qué?”
Iba a replicarle al instante, pero Gun-ho me miró en silencio. Quizá por el aire nocturno, quizá por la luz tenue, aquel rostro se veía un poco más suave.
Gun-ho dijo lentamente:
“Sigues igual, tú.”
La frase se quedó extrañamente conmigo mucho tiempo.
Me dio un poco de rabia, y también un poco de alegría.
Aparté la mirada sin razón.
“¿Lo dices en buen sentido?”
“Sí.”
“Dicho por ti no me inspira mucha confianza.”
“Es verdad.”
La voz de Gun-ho era baja. Había empezado como una broma, pero el final sonó extrañamente serio.
Al cabo de un momento, cayó otro meteoro.
Esta vez, ninguno de los dos dijo nada. Simplemente miramos. Mirábamos en la misma dirección, sentados dentro del mismo silencio.
Ni siquiera eso iba a hacer desaparecer unos cuantos años de resentimiento. Tampoco iba a volver bien de repente el hecho de que se marchara sin decir nada.
Pero al menos esta noche, sentía que podía odiarlo un poco menos.
Gun-ho dijo en voz baja a mi lado:
“Gracias por llamarme.”
Parpadeé.
“¿Yo?”
“Sí.”
“Si yo no te he llamado. Solo te avisé de la lluvia de meteoros.”
“¿Eso no cuenta como llamarme?”
En vez de responder, cerré la boca. Gun-ho volvió a sonreír bajito. Una sonrisa fastidiosa. Pero esta vez, esa sonrisa ya no me resultaba tan molesta como antes.
La noche se hizo un poco más profunda.
La pantalla de la app de constelaciones se había oscurecido en algún momento. Pero estaba bien. Hoy parecía que no hacía falta buscarlo en la pantalla.
Estábamos mirando el mismo cielo.
Solo por eso, esa noche ya era suficiente, aunque fuera un poco.
