Capitulo 7: El vuelo
Desde la perspectiva de TN
Nunca pensé que mi trabajo como traductora me llevaría a cruzar tantas fronteras, pero este era el primer viaje internacional que haría a solas con uno de ellos. El mensaje fue claro:
> “Vuelo a Berlín confirmado. Necesito que me acompañes. – Suga”
Ningún saludo, ninguna cortesía innecesaria. Solo una orden implícita. Profesional. Pero la sola idea de pasar horas encerrada con él en un avión me tenía más nerviosa de lo que admití incluso ante mí misma.
El aeropuerto era una sinfonía de anuncios, pasos apresurados y flashes de cámaras que no se apagaban del todo. Aun así, él caminaba con una calma que parecía no pertenecerle al lugar. Yo lo seguía, maleta en mano, recordándome que *esto es trabajo. Solo trabajo.*
En el avión, cuando me di cuenta de que los asientos eran juntos, quise preguntar si no había alguna otra opción. Pero me contuve. No quería parecer incómoda. Aunque lo estaba.
Las primeras horas del vuelo fueron tranquilas. Él dormía con la cabeza apoyada contra la ventanilla, los auriculares puestos, una playlist que probablemente había armado en silencio. Yo intentaba concentrarme en los documentos del evento, subrayando mentalmente frases que sabía que él me preguntaría más tarde.
Pero entonces, en plena madrugada aérea, él habló.
—¿No te molesta esto? —dijo de pronto, sin abrir los ojos.
—¿Esto?
—Viajar así. A última hora. Ir tan pegada a alguien con quien no hablas más de lo necesario.
Giré el rostro hacia él, sorprendida por la franqueza.
—Es parte del trabajo. No me molesta.
Abrió los ojos, lentamente. Se volvió hacia mí, y por un segundo, nuestras miradas se sostuvieron más de lo habitual. Demasiado para que se sintiera neutral.
—No lo parece. Estás tensa.
—Estoy bien.
—¿Contigo o conmigo?
No supe qué responder. Esa no era una pregunta casual. Ni profesional.
Él se incorporó un poco, los ojos fijos en mí.
—Sé que a veces soy difícil de leer. Pero tú... tú lo haces sin esfuerzo. Y eso me pone en alerta.
—¿Por qué?
—Porque no estás aquí para eso. Estás para traducirme. No para entenderme.
Esa frase me tocó más de lo que debería. No porque fuera dura, sino porque era cierta. Y, aun así, lo entendía.
—Yo no elijo lo que entiendo. Solo pasa —susurré.
Él asintió, como si esa respuesta le dijera más de lo que yo misma sabía.
Volvió a recostarse, cerró los ojos.
—Está bien. Solo... no traduzcas todo lo que ves. Algunas cosas es mejor que se queden donde están.
Me quedé en silencio. Él se durmió otra vez.
Y yo, por primera vez, me sentí como una traductora que había cruzado una línea invisible. No con un gesto. No con palabras. Solo con el peso de lo no dicho.
