Capítulo 8: Compartiendo suite
Perspectiva de TN
El vuelo había dejado una estela de palabras no dichas. Una conversación a medias, con pausas que decían más que cualquier frase bien construida. Y ahora, aterrizados en Berlín, esa tensión parecía haberse subido con nosotros al auto y colarse en nuestras maletas.
El hotel era lujoso, pero no ostentoso. El tipo de lugar que no necesitaba decir demasiado para impresionar. Y mientras nos dirigían al ascensor, el recepcionista anunció:
—Una suite ejecutiva, con dos habitaciones privadas y áreas comunes compartidas, como solicitaron.
Yo no recordaba haber solicitado nada. Miré a Yoongi, pero él solo asintió, como si estuviera perfectamente cómodo con la idea. Tal vez lo estaba.
La suite era amplia. Moderna. Impersonal en su decoración, pero con ese tipo de elegancia silenciosa que te hace bajar la voz sin darte cuenta. Dos habitaciones separadas, sí. Pero conectadas por una sala y un pequeño comedor con ventanales que daban a la ciudad.
Dejé mi maleta en la habitación de la izquierda. Necesitaba respirar. Procesar. No tanto el viaje en sí, sino la idea de compartir espacio. Con él.
Una ducha. Eso era lo que necesitaba.
Cuando salí, envuelta en la bata del hotel y con el cabello aún húmedo, lo encontré en la sala, sentado en el sofá, con el portátil sobre las piernas. Un vaso de whisky a medio tomar en la mesa.
Me miró.
—Te dejé espacio para descomprimir —dijo, como si anticipara mi tensión.
—Gracias.
Me senté al otro extremo del sofá. El silencio volvió a caer entre nosotros, pero esta vez era distinto. Más denso. Más consciente.
—No estás acostumbrada a esto, ¿verdad?
—¿A qué?
—A estar tan cerca de alguien que normalmente solo ves detrás de una mesa de reuniones.
Lo miré.
—No estoy acostumbrada a compartir una suite con nadie a quien traduzco, si eso es lo que preguntas.
Él rió, suave. Bajó el portátil y lo cerró.
—¿Y eso te incomoda?
Tragué saliva. No por miedo. Sino porque la pregunta venía cargada de algo más.
—No sé si "incómoda" es la palabra —dije—. Pero sí… es diferente.
Él se levantó y caminó hacia la ventana. Se quedó ahí, de espaldas a mí, observando las luces de Berlín.
—Hay algo raro en esto —dijo finalmente—. Como si estuviéramos fuera del tiempo. Como si nadie supiera que estamos aquí.
—Nadie lo sabe.
Giró lentamente y volvió a mirarme.
—Entonces, ¿qué harías si no tuvieras que rendirle cuentas a nadie?
Me quedé inmóvil. Lo dijo sin provocación, sin doble sentido aparente. Pero el aire entre nosotros se había cargado de electricidad.
Me puse de pie, sin apartar la mirada.
—Depende de lo que implique esa pregunta.
Él dio un paso hacia mí. No un salto, no una invasión. Solo un paso. Pero bastó para que la distancia se volviera tensa. Intensa.
—No voy a hacer nada que te incomode —susurró—. Pero sería hipócrita no reconocer que hay algo en el ambiente. ¿Lo sientes?
Lo sentía. Por supuesto que sí. Cada parte de mi cuerpo lo sentía. Pero no podía decirlo. No debía.
—Yo estoy aquí por trabajo, Yoongi.
—Y yo también. Pero eso no cambia lo que está pasando en este momento.
Nos quedamos mirándonos. Respirando en el mismo espacio. Demasiado cerca.
Su mano rozó mi brazo. Apenas un roce. Pero me estremecí.
No fue un beso. No fue una caricia descarada. Fue apenas un roce, una tensión sostenida… que se interrumpió cuando él, con un suspiro, dio un paso atrás.
—Será mejor que descansemos. Mañana es un día largo.
Asentí, aún sin poder hablar. Volví a mi habitación, cerré la puerta tras de mí con las manos temblando.
Porque no había pasado nada.
Y, sin embargo, todo estaba empezando a pasar.
